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Cuentos en Salsa III

Trío Salsero

Publié le 1er mars 2011, par : Carlos Fajardo G.

Soy

“... Por medio de la presente el suscrito Cabo de La Guardia de este cuartel se permite colocar a mi Comandante al corriente de las últimas novedades acontecidas. En primer lugar para aclararle en relación con el reciente ataque de francotiradores a esta guarnición, que fue el soldado Ibáñez y no el soldado Manrique quien se me acercó hacia las 23:00 horas, mientras que yo acababa de hacer la revista, manifestándome : “Cabo de La Guardia, siento un tiro, Cabo de La Guardia, estoy herido ...”. El resto del incidente ya fue debidamente explicado, anotando que en ningún momento maltraté al centinela por lo sucedido, puesto que solo me limité a recalcarle : “Te metiste a solda’o y ahora tienes que aprendé…”.

Aun no se ha podido establecer si aquel atentado tiene algún vínculo con el segundo hecho que en este mismo mes reviste gravedad. Sobre esto, el parte es que el anterior día lunes en horas de la mañana se sometió a un primer interrogatorio al prisionero capturado después de la jarana anual del caserío, siendo que a pesar de todos los esfuerzos realizados, no se pudo descodificar el extraño manuscrito que llevaba dentro de su mochila al momento del arresto, y que decía :

Soy la más pequeña aldea, en un distante lugar,
soy el ruido y la marea del inmenso mar,
no soy cadenas ni rejas
soy azúcar y soy sal,
si me quieres o me dejas me da igual...
Soy como la brisa, que, siempre de prisa, no,
no anuncia su partida,
y, como el dinero soy,
donde yo quiero voy
sin una despedida...
Sin una despedida, no anuncia su partida,
sin una despedida, no anuncia su partida...

Por más que lo intentamos, no hubo manera de descifrar el contenido subversivo del texto, que bajo la apariencia de ser un apunte escrito a una mujer, muy seguramente con eso de la ‘pequeña aldea’ habla es de un centro de revoltosos, del ‘dinero’ para financiar el terrorismo, y de ‘la partida’, que sin duda, debe ser el partido político que los apoya. Aunque a mi Sargento le sigue pareciendo más bien una nota de amor para la india esa con la que estaba durmiendo el tipo en la casa donde lo detuvimos. Sin embargo, vamos a seguir ensayando con el manual aquel que queda por ahí solo con una parte de su carátula, donde no se alcanza a leer bien claro el nombre de la editorial que nos lo envió, pues únicamente le cuelga al final un pedazo que dice CIA.

En vista que a través de este método no pudimos obtener mayores resultados, entonces el martes por la tarde hicimos una segunda visita al calabozo, pero esta vez con la bolsa plástica y con las cabuyas de amarrar. Pero a pesar de haber seguido como dios manda el procedimiento del interrogatorio, al final de todo el detenido se negó a revelar el más mínimo detalle, sin poder obtener confesión valiosa alguna. Con certeza, se trata de un rebelde bien entrenado en las tácticas del enemigo para estas faenas, pues creo que probó confundirnos con sus irregulares versiones, que aquí debo copiar por necesidad :

Declaración numero 1, al interrogársele por su identificación :

“Soy el agua de los ríos que corriendo siempre está
todo lo que tengo es mío y de los demás,
soy un gallo en la mañana, un gato al anochecer,
me he comido la manzana del placer...”.

Declaración numero 2, al interrogársele sobre su nacionalidad y origen :

“Soy un poco vagabundo, lo mismo vengo que voy,
viajo solo por el mundo y feliz estoy,
amo al sol que se levanta, la fragancia de una flor,
y me gusta como canta el ruiseñor...”.

Declaración numero 3, al interrogársele sobre su ocupación u oficio :

“Soy un mendigo ante el diablo y millonario ante Dios,
hablo poco cuando hablo, sin alzar la voz,
soy además mentiroso, soy vanidoso y buen actor,
y quisiera ser dichoso en el amor...”.

Fue por eso que en la noche de ayer, cuando nos alistábamos a hacerle una tercera visita esta vez con las pinzas de ganado que conectamos a los fusibles (que entre otras, ya no tenemos más repuestos en caso de necesidad urgente), nos vimos sorprendidos por el bandido al no encontrarlo en su prisión. En el techo del calabozo inexplicablemente había un enorme boquete, por el cual seguro ganó los árboles frutales que dan directo al río, de tal modo que ninguno de los guardias reporta haber escuchado o visto nada. Nadie se explica tampoco de donde sacó el pedazo de tiza blanca para rayar las paredes antes de irse con la siguiente inscripción, encontrada en la celda vacía :

“Yo soy la brisa que pasó y se va,
aquella brisa que no vuelve más,
yo soy la brisa que pasó y se va,
aquella brisa que no vuelve más...”.

Bajo esta nota había una misteriosa firma que decía “SOY”, y que posiblemente puede ser la sigla de un nuevo movimiento insurgente, como por ejemplo, Subversivos Organizados de Yemayá... ...”.

(Hasta aquí la versión mejorada de una misiva hecha en maquina de escribir, con letras irregulares y dudosa ortografía, a manera de informe de una base militar del trópico a la comandancia de la ciudad, que una vez finalizada terminaría advirtiendo sobre la importancia de adelantar una recaptura).

Resumen

Con la pala firme y resistiendo en parte el apoyo de su humanidad. En medio de un silencio tan ajeno como cada una de las muertes que tan de cerca ha visto pasar. Frente al crepúsculo lejano y esquivo que se lleva las nubes con el favor del paso lento del viento. Reflexiona El Enterrador, para quien el principal dilema es una caída continua en la vida, habiendo perdido un gran amor y su anterior oficio, hallándose muy decepcionado tanto de pasiones como de amistades :

“En la vida yo he tenido mil amores
y les juro con ninguno me quedé,
jardinero, cultivaba lindas flores,
que me dieron sus espinas con la cuales yo sangré... ,
en la vida yo contaba con amigos pero todos me fallaron
cuando los necesité...”

En su inmóvil silla de ruedas. Recordando hasta los mínimos detalles de fraternidad en las más diversas horas. Triste en razón del vacío dejado por aquella voz cálida, ahora en la infinidad. Tratando de dirigir su propio bote en dirección lejana de los amenazantes riscos y escollos de cada día. Piensa El Hermano Rico, quien fue ascendiendo poco a poco desde una posición humilde, ganando escaños y comprando afectos, pero al final tan satisfecho como desalentado por la voluble condición humana :

“Hacia un resumen, al final mi alma ya sabe,
tanto tienes tanto vales
y esa es toda la verdad...
ahora ya sé lo que es amor
porque caro he pagado
las caricias que me daban,
ahora ya sé quien me sigue
en las buenas y en las malas
sin ponerme condición,
ahora ya sé que hay que ser de una cuna dorada
y vivir en buen ambiente,
porque la gente te abre las puertas
cuando creen a ciencia cierta
que les brindas buen querer...

De pie con las manos atadas al cinto. Profundo en sentimientos que no dicen nada, que no emocionan de ninguna manera, que no exaltan por ningún motivo. Inmerso en la mirada caída hacia el abismo y como una pequeña piedra al borde del mismo. Desarraigado en su pecho y en su misma alma. Medita El Hijo Doliente, impactado por el suceso y preso de una existencia llena de contradicciones, en las cuales difícilmente puede comprenderse a sí mismo y a los demás. En últimas, ya no se entiende, ni entiende a nadie :

Y en la esquina de la vida estoy varado,
repasándome el capitulo final,
de este drama en un mundo de escenarios,
donde a veces fui villano y otras veces fui galán,
compartiendo los honores estelares
con actores similares
que formó la humanidad.
Le di limosna a un pordiosero que pasaba
pero luego averiguaba
y el vivía mejor que yo...

Casi vencida por el peso de su cuello frente a la lluvia de lagrimas. Sin dueño quizá para siempre. Tímida e intimidada por la fortaleza del peso universal sobre sus hombros, de un momento a otro. Ligera para huir y correr portando un velo vaporoso en dirección del alba. Reflexiona La Viuda, para quien la carga del tiempo le ha dejado enormes lecciones sobre la esencia de los hombres y mujeres, pero quien por lo mismo, no encuentra una salida victoriosa a la existencia :

Ya no me importa saber
que la naturaleza juega al verso con los hombres,
yo sé de la flor deshojada
que aunque estaba marchitada
la llevaron al altar,
y todo se reducirá
cuando caiga telón al final de la comedia... ,
siete por cuatro por tres de ancho
las medidas de la fosa
puertas de la eternidad...

Todas aquellas miradas se encuentran frente al epitafio de El Difunto, que lacónicamente dice :

En la tumba solo queda el esqueleto
que no habla
pero dice
toda, toda, la verdad...

Celyn Cruzoe

Y es que está muy bien que continúen celebrando el renacimiento de su deceso, pues a las personas a veces les cuentan los días de la vida, les cuentan los días de la muerte, y luego las olvidan. Aquellas luces se encuentran como pegadas al techo, desde allí se esparcen tenues, y difuminan con un colorcillo violeta. Mientras los dedos siguen imprimiendo surcos transparentes en las vaporosas copas y vasos. Y en los acordes musicales cabalga la voz de ella, como remontando colinas verdes, antillanas. Fiestear en esta vida por la rumba de aquella muerte, pero es que desde luego eso es mejor que irse a llorar juntos a una iglesia. Quien dice adiós se va más contento de lo que uno piensa, ningún cadáver añora tantas gotas de llanto sobre su piel, menos cuando feliz habrá de revolcarse sobre otra arena tropical. Etérea. Y en los acordes musicales navega la voz de ella, como remontando olas aguamarinas, caribeñas. Sobra decir que ningún barco alguna vez se hunde, lo que sucede es que todos de un momento a otro toman alas al aire. Y así desaparecen hasta su mismo homenaje.

Ella también era tan vanidosa, solo se solía referir a la barriada de Santa Suárez, ninguna mención sobre años, meses o días del calendario. No había entonces secreto mejor guardado, así fuera muchísimo mayor. Igual debía tener los mismos motivos, al final todas eluden con un capote juvenil el trote macizo del tiempo. Continuaré diciendo por los ojillos del micrófono su nombre masculino feminizado, o viceversa, que ahora más que nunca puede significar algo así como ‘la esposa del cielo’, pero que por idénticos callejones del destino, nunca hubiese podido empezar por la N ni terminar por la a. Y menos aun compuesto por caridad, adornado al final por el sempiterno símbolo aquel. Así de plano, siempre sin cambio alguno, sin siquiera opción de cambio alguno, sin tentativa alguna de cambio alguno. Simplemente como fue, es y seguirá siendo.

Algo inquieto pronunciaré a continuación por el gran ojo de mosca del micrófono que la jovencita nació en medio de todo el seno de una familia humilde, llegó a ser que dos senos humildes la recibieron y la amamantaron, los mismos que hubo de compartir generosamente con tres hermanos más. Nada de una madre con trastornos mentales ni de crianzas ingratas en el lugar de otros familiares, o en fríos orfanatos, siempre al calor de los brazos montunos fatigados por la zafra y por los pucheros isleños, nada de violadores acechantes por ahí intentando hasta lograr la devastadora oportunidad. Por el contrario, copiando las simples faenas maternales y observando el cotidiano cansancio de aquel fogonero, arrullando quizá en las noches a su estela de primos con los cálidos arrorós, sus primeros cantos, talvez junto a hiladas sonrientes de lo que luego serían Borondongo, Bernabé y Muchilanga.

Y como los tiempos no podían seguir quedando huellados solamente por sus calmados pasos en medio de palmeras y susurros del océano, un día cualquiera se marchó a la misma escuela que casi no la deja regresar nunca más, al abrirse las puertas que daban a los pizarrones casi se cierran al mismo tiempo y para siempre a sus espaldas, para que no se fuera ligera tras las luces, los tablados y los auditorios. Pero de todos modos resultó con la blanca tiza en sus dedos negros, ahí frente a donde ella misma había estado sentada alguna mañana con los ojos saltarines perdidos tras la monotonía de los mismos diálogos del español y la literatura. Se hizo para entonces maestra, a diferencia de casual empleada en una miscelánea, lidiando de continuo con todos los chiquillos trigueños que no le dejaban ni un solo minuto para pensar mal de la existencia, ni mucho menos en suicidarse. Poco maquillaje en los pómulos para ir abriéndose trecho en un mundo sediento más bien de luminarias, sin importar de qué extraña latitud, de qué desconocida provincia, de qué lejana región. Lo cual quiere expresar también desde el brote negro del micrófono, que al final se presentaría igual sin maquillaje, siendo una extraña coincidencia exaltada sin saber por el aedo. Ante Ti sin ningún maquillaje.

Al cual hubo de empezar a acostumbrase cuando ya abandonó el tilín agudo de la campana escolar y los manuales desvanecidos de prosa y verso, pues definitivamente las lejanas olas como que se la fueron llevando a otra marea, a otro vaivén que ya no la abandonaría jamás. Ya con los pechos altos cruzó los adoquines y los emblemas desgastados del Conservatorio, yendo a buscar en esos iluminados salones lo que llevaba tan dentro, y poco después también se enfrentó por primera vez a un micrófono, de seguro sin ojillos, sin ser un gran ojo de mosca, ni siquiera talvez un brote negro. Días de radio, micrófonos embocinados de color plateado, fue como se ganó el concurso a la hora del té, y a poco estuvo montada en la tarima del famosísimo cabaret, noches de tropicana. Noches calidas, ardientes, tórridas, bochornosas. Calurosas.

Quizá se ha dicho que cual diamante en bruto. Cuales diamantes en bruto. Aquí los iniciales acordes de alto encaramamiento en la garganta, allá las espontáneas sonrisas seductoras. Aquí los bamboleos de caderas en la apertura, allá la apertura de los bamboleos de caderas. Aquí y allá las mismas dentaduras brillando esperanzadas ante los inaugurales reflectores, destellos de dentadura blanca, destellos de dentadura negra. Diamantes que tallaría el mundo, y que se enclavarían relucientes en los cuellos enardecidos de los miles y miles de seguidores.

De este lado las precedentes tomas en vestidos con talle de sirena, torneándose hacia arriba y hacia abajo para dibujar con el lente la esplendida sinuosidad morena. Exposiciones cortas fotográficas, en blanco y negro, que luego quedarían enmarcadas en gacetas de la época y en periódicos de otras épocas. Allá las precedentes tomas para un film en dieciséis milímetros, blanco y negro, siete minutos de duración, veinticuatro imágenes por segundo, redescubierto por un fotógrafo sueco en los ochentas y publicado en todas las revistas del mundo. Aquí adviene una hembra negra a reemplazar por quince años enteros a una ensoñada diva en la cabeza de la legendaria orquesta, allá adviene una hembra blanca a reemplazar por muchos años inconclusos a las ensoñadas divas en la cabeza de la legendaria industria.

Hay humo en los ojos, en el instante los destellos pálidos y veloces empiezan a volar raudos sobre las mesas, impactando con su lánguida luz blanca sobre los invitados. Se van haciendo todo el recorrido de la barra, y lamiendo caras y perfiles nocturnos que se embeben en licores y en melodías. Queda así estática la fundadora del lugar, con una sonrisa que cuenta la satisfacción de muchas noches y sus madrugadas. Queda así fijo el hombre tras los acetatos, con una sonrisa que cuenta la satisfacción de muchas madrugadas y sus noches. Volátiles reflejos blancos que van y vienen sobre las cabezas de los bailadores, luces que se confunden con otras luces, y relámpagos que se adhieren a los cuerpos de los homenajeantes. Una fotografía no es sino una trampa invisible para los cuerpos. Allí entran y sin saber quedan capturados entre cuatro líneas rectas. Cuerpos como el de ella, ahí confinados para siempre, y tras las rejas del cristal en cuadros que hacen cárceles de lujo.

Volátiles reflejos blancos que fueron y vinieron sobre los rostros de ellas, las bocas entreabiertas a las placas. Cientos y miles de estampas comprobando bellezas escondidas y recónditas, como las mejores exponentes de sus dinastías. Fotografías atrapando todo el esplendor de aquellas carnes. En aquel rincón del establecimiento la de ella, simultáneamente juvenil y apretujada. El busto contorneado y firme elevándose en busca de un punto fijo en el cielo de aquel cabaret, la cintura enredada en su mismo y fino talle, las caderas abriéndose paso hacia un punto fijo en la tierra de aquel cabaret, y las gruesas piernas soportando todo el andamiaje del placer. No es un rostro picaresco y tocado con el lunar de coquetería, casi siempre con los ojos entrecerrados. No es el de aquella boca sensual y casi dibujada que al comprimirse sugestiva arrancaba suspiros y malas ideas. No es el de aquel cabello sedoso y caprichoso que parecía darle sentido y toda la razón al viento. La efigie morena se levantaba entonces en su propio pedestal para exhibir la complejidad estética de su negro erotismo. Sin duda aquel linaje tiene el otro misterio de la desnudez, el de pechos insurgentes en capacidad de reventar las prendas, el de llanuras tan planas como el mejor deslizadero para una lenta gota de sudor, el de concavidades rosáceas y melosas que bullen hasta la candencia. Linaje de hembras indomables, siempre a la espera del fustigazo alentador, de la palmada tibia, del esfuerzo inacabable, del largo aullido en medio de la oscuridad. Así lucía ella en la fotografía de aquel rincón del establecimiento. Como quizá ya nunca más en el futuro se vería, mocedad de mocedades. Como quizá ya nunca más en el futuro figuraría, juventud de juventudes. Ellas, como diosas del amor.

Como también hubo de ser imposible apreciarla en el tiempo en aquella fotografía del vestido amplio y blanco, de gran ruedo y escotado a la mitad, inflado por el torrente de aire que nacía en la rejilla y que obligaba a meterse las manos entre las piernas. Hubiese sido muy difícil convencerla de un traje con aquel diseño, tan amplio, tan blanco, con un escote tan pronunciado en medio de los senos, y tan profundo, aparte de ello un torrente de aire de abajo hacia arriba haciendo saltar la falda como un platillo volador. Y es que casi todos sus vestidos iban tan ceñidos como si imprimieran las líneas, el busto completamente forrado, los brazos libres y sin necesidad de resultar prestos a meter las manos entre las piernas. Nunca se hubiese podido levantar ni un solo centímetro de aquellos vestidos, por más huracanada que fuera esa sesión fotográfica. Talvez nunca hubiesen logrado siquiera convencerla de por lo menos asistir a esa sesión fotográfica. Y menos que al final se le vieran los calzones anchos y también blancos. En el tiempo igual hubo de ser imposible apreciarla completamente desnuda y tendida sobre una alfombra roja, que en tal caso, hubieran de haber trastocado por una de color crema.

Ahí se encarama en el momento la nueva tanda de acordes tamboriles y de flautas desgarradas, que se amarran insistentes a los oídos como aretes invisibles. La misma gente va y viene en los compases ya marcados, y en los que se abren campo solo en medio de la imaginación de seres nocturnos y bohemios. Bamboléanse a veces tan cuerdos como caóticos. Van y vienen, como si fueran olas de carne flotando en las marejadas de la noche y del alcohol. Ahí están irrescatables para la triste realidad, presas de una alegría que los penetra poco a poco, y que los va invadiendo sin tiempo para volver atrás. Ya la madrugada empieza a abrir su bocota para tragarlos enteros, por la profunda garganta han comenzado a pasar al nuevo día. Y la voz de ella se repite interminable, a veces tan alta y gruesa, a veces tan evasiva y rápida, a veces tan exaltada y en letanía.

Después de la mocedad y de la juventud primera se marchó directo a las manos del músico insistente, una sola melodía y dos amores, al punto que lo alcanzarían las canas en las patillas y en las cejas admirándola de reojo sobre los escenarios. Moviendo a la vez las manitos que luego la cubrirían en la cama con caricias y mimos proverbiales, eso si se puede llegar a creer que antes del verbo fue la música. Nada de un matrimonio prematuro con un desconocido que ni siquiera pasó a la historia bajo el honor de poseer tanta belleza junta. Y muy posiblemente a los beisbolistas y a los escritores que llegó a conocer no les dio nunca ni la hora, es decir que ni siquiera tuvo un poco de tiempo para otros hombres, así se apellidaran Kennedy. Una y otra marcadas por el mismo sino del amor, pero lejanas marchantes en medio de dos caminos divergentes. Pero ella nunca deseada a tal grado por la masa masculina que efervecía con solo escuchar aquel nombre en especial, hombres que entonces iban entreabriendo sus labios y nunca los cerraban mientras se encontraran ante su descomunal presencia. En otros tiempos y lugares, mientras ella dejaba atrás su isla en medio del furioso trote de soldados, los soldados de otros contingentes chiflaban a morir, dispuestos a dejar allí la vida por su diva, tanto como por su patria. Cantos latitudinales en un overol casi camuflado, paralelamente canciones, cámaras y fama. Y admiradores por doquier, cada cual a su manera. Una casi llega a la Casa Blanca, otra se fue del totazo a La Fania.

Aproximándose el límite mencionaré por las últimas ondas que se esparcen desde el cono negro que una se hizo a los diferentes títulos de un solo y propio reinado : la Guarachera de Oriente, La Guarachera de Cuba, la Reina de la Salsa, ello de mano de sofisticados edecanes como Tito, Larry, Jhonny, Ray y Willie. Pero no habrá de hacerse mención alguna por las últimas ondas que se esparcen desde el cono negro, que otra se hizo a los diferentes títulos de un solo y propio reinado : La Orquídea Rubia, La Venus Dorada, La Rubia Tentación, ello de mano de sofisticados edecanes como Groucho, Howard, Cary, Ginger y Laurence. Vaya alguien a saber si alguna vez se cruzaron en la vida, porque lo más seguro es que si se cruzaron en la muerte. Frente a frente, sin ningún maquillaje.

Modularé ya un poco entrecortado que ella se acercaría simple y sencilla a recibir más de cien premios, que escaló una docena de nominaciones al obnubilado Grammy, que en una República tropical llamada Colombia se le llegó a imponer la Medalla Presidencial en Artes, que la ciudad de San Francisco declaró su día el veinticinco de octubre, que las universidades de Yale, Florida y Miami se adhirieron a su sequito, y que igual resultó al final metida en el celuloide con unos reyes del mambo y en las filas de cuando salió de Cuba. Igual habrá de olvidarse por el momento a quien llegaría a ser reconocida como World’s Most Popular Star, incluso con la entrega a bordo de un Golden Globe, del cual alguien dijo por ahí que equivale a una especie de Premio Nóbel del Cine. También ya dice alguien por aquí que la paremos, que todo eso ya se sabe.

Y es que está muy bien que continúen celebrando. Con licores y cantos, en medio del estrepitoso y dulce lamento de su voz. Talvez también sobre decir por el micrófono que desde ahora calla, que hace tan solo un par de años le diagnosticaron cáncer encefálico, de aquel que se come primero la raíz del cabello y luego el cerebro entero. Sobre la otra todavía quedará flotando en el ambiente ese tipo de pregunta que se hace aún tan simbólica como real, sobre quien la mató. Decía antes de irse que soñaba estar de pie en una iglesia sin ropa, y que la gente se hallaba tendida a sus pies, en el suelo, y que ella caminaba desnuda sintiendo una enorme sensación de libertad, por encima de todos los cuerpos postrados pero con cuidado de no pisar a nadie.

Sin embargo, complacido y apurando el trago cerraré la tertulia con la expresión que ella misma siempre lanzó al aire, dotada de una misteriosa alegría, y que concisamente dejó en todas partes su profundo ideario : “¡Azúcar !”.

In Memoriam

Yo, Ibrahimcito

Suena como un tenuecillo tamboreo en toda la noche oscura : bum, bum, bum. Tiene un ritmo que despierta ahora mis sentidos, lo escucho claro arrullándome, al parecer ya no se irá nunca. Pero es muy suave : bum, bum, bum. Es mi corazón, viene del pequeño corazón con un ritmo que despierta ahora mis sentidos, y al parecer ya no dejará de arrullarme nunca. Más alto se empieza a oír otro tamboreo parecido, pero trae la cadencia como de una rosa al respirar, va con el mismo son aunque más fuerte, así debo colocar algo de atención para escucharlos a ambos cuando se mezclan en esa unión fácil, muy natural. Pueden ir juntos mientras retumban en toda la noche oscura. Debe ser el corazón de mi madre, que todavía duerme como si flotara dentro de una nube de felicidad. Y aun se suma uno más, pero este es un tamboreo pujante, como el de un toro al resollar, golpea el silencio con más vigor y se impone sobre mi suave tamboreo, sobre el dulce tamboreo de ella al dormir. Se une sin pedir permiso alguno a los nuestros, marca como una clave diferente, muy intensa, hace un golpe dominante. Debe ser el corazón de mi padre, que también duerme junto a nosotros, como flotando en la nube de la felicidad de ella. Bum, bum, bum, a tres sonidos armónicos y cadentes, intensos y amigos, aislados y juntos al penetrar de improvisto en toda la noche oscura. Allí se mezclan con el silbo fresco que entra por la ventana de madera abierta, con su chiflido fresco, y también con ese rumor que viene del árbol que abre su brazos sobre la cabaña, rumor bajo que sin duda alerta mis sentidos como hacia una orquesta : tamboreo, silbo, bajo. Ello me quiere decir que si escucho todo, soy. Soy Ibrahimcito.

Mi madre en este instante se acomoda y ha empezado a soñar. Me dispongo a ver quizá por primera vez. Sonrío un poco, y al mismo tiempo floto como dentro de la nube de ellos dos. Levanto mi frágil nuca y admiro asombrado las imágenes que empiezan a correr por su frente oscura, que igual empieza a llenarse de colorines. Observo gravitante, sin perder detalle alguno. Aparece la jarana, y ahí hay muchas comadres con vestidos vistosos y coquetos, los compadres arrastran aquellas faldas al compás de melodías finas y emocionantes, ellas van junto a ellos como si recorrieran un corto camino que a veces se cierra en círculos y giros. Todos sonríen, y las copas chocan dejando un gemido corto en medio de aquella música, algunos ríen con dientes blancos como de espuma, que brotan en medio de gruesos labios negros.

Puedo ver en el sueño que mi padre la guía en jugueteos hacia el solar, se separan por un instante de todos los demás hasta que quedan solos bajo un rayo de luna que ilumina insistente las plantas del jardín, los perros que todavía andan por ahí, y la cerca firme en la cual ella recuesta su espalda, para abrir su boca morena y entonces recibir la de él. El guapo la encima con la fuerza de su talla, y todo el bullicio de la fiesta queda atrás para los dos, nadie sabe que están alejados, y solos y enamorados. Finalmente saltan los pechos de botones amoratados y la blusa blanca se descorre dando paso a la inquietud indomable de aquellas manos duras, que los apretan una y otra vez, y que incluso los llevan hasta la punta firme de su lengua. Ella empieza a gemir y a encaramar su falda ancha, de boleritos rojos y amarillos que contrastan bajo el rayo de luna que allí se enclava. El hombre la apresa con su misma potencia por la cintura, la enselva más allá de la cerca, la sigue conduciendo en un jugueteo que busca ya el final, la embosca poco a poco dentro de la grata manigua que hay tras el solar. Y ahí permanecen por minutos que pasan lentos, intensos, húmedos, ardientes. Mi madre continua soñando frente a mis pequeños ojos y en medio de su frente, se sume de nuevo en la barbilla mal afeitada, en la quijada que se corta de repente en los ángulos hombríos, en los rizos que aprisiona con su delicada mano tras la nuca. Y el amante ya se agota sobre los senos abiertos al reinado del rayo de luna, ya se revuelve como si tras su espalda viniera un enorme soplo huracanado, ya finalmente estalla sobre ella como si su cuerpo estuviera poseído por una ánima indomable, sin control alguno. Quizás fue precisamente cuando quedé incrustado en estas entrañas. Yo, Ibrahimcito. Después ella se levanta, se sacude, sonríe y lo besa, ayuda a atarle otra vez el cinto al pantalón, lo toma de la mano y lo arrastra como en un nuevo juego al centro de la celebración. Así lo encima por los hombros con la fuerza de sus brazos, y todo el bullicio de la fiesta queda otra vez de frente para los dos, nadie sabe que han estado alejados, y solos y enamorados. Nadie sabe tampoco nada sobre mi existencia. Después de concluido el carnaval, luego que los primeros gallos avisaran al rayo de luna amanecido, juntos y tambaleantes han venido hacia esta cabaña, que arriba tiene los brazos abiertos de un árbol melodioso, y una ventana de madera que deja entrar el agudo silbo del vientecillo. Ahora descansamos todos en esta misma cama. Y mi madre ahora ha dejado de soñar.

Pero desde este mismo momento ya sé lo que es el ron y el tabaco. Incluso aquí puedo imaginar que me bebo un palito y que con estos dedos pequeñitos enciendo uno de esos envueltos de punta anaranjada. Tal como hacían aquellos compadres de camisas blancas, y coloridas, y con muchas palmeras. Quizá un día llegaré a tomar muchos palos de ron, talvez fumaré muchos tabacos envueltos. Sin embargo, siento ahora la plena seguridad de que también cantaré, y que tocaré los instrumentos sonoros, y que bailaré con las mulatas esbeltas, como esas palmeras dibujadas en las camisas. Por la ventana de madera abierta a la brisa puedo entender que hay muchas otras cosas en este mundo que huele profundo a mar trasnochado, más ya tengo para mi que solo cantaré, tocaré y bailaré. Tomaré el puesto del juglar aquel en el centro de todos los demás músicos de la festividad, haré lo mismo a mi propia manera, pero intentando siempre que mi sonrisa luzca mejor que la suya. Quizá como él, no tenga mayor fortuna, más intentaré confiado en hacer de mi alegría un canto, pues ya me sé una criatura alegre que por poco o mucho, nunca dejará la forma de ser que siente florecer desde que respira. Es que desde ahora todo me huele a ron, a tabaco, a mulatas y a mar que ha pasado la noche en vela. Y es que desde ahora todo me huele a música y a canto. Ambos muy románticos. Soy Ibrahimcito.

Conoceré a mis primos y empezaré a cantar junto a ellos, iré al encuentro de mis amigos bocucos, y desde ya mismo daré fe cierta sobre aquello que alguno mencionará en el futuro : luchen por la vida que la muerte está segura. Tanto tendré que ver con el muñeco desgajado de yarey y con su bastón reclinado, que me llegaré a complacer intenso en el mismo plátanal de Bartolo. Un plátanal lejano que entonces se hará muy parecido al de hace tan poquitas horas, ahí junto a la manigua que había tras el solar de la fiesta. Y talvez como el coplero en el centro de todos los demás músicos, no tenga mucha fortuna con la alegría de mi canto, pero no abandonaré nunca la forma de ser que siento brotar desde que respiro. Y es que todo me seguirá oliendo a música, a canto, ambos muy románticos. No importa que un día me lancen al olvido como si fuera un abismo, ni que me lleguen a negar como si jamás hubiese llegado a existir. Igual cantaré cuando la llovizna humedezca mi boina gris al vender melones y aguacates, y cantaré cuando la hoguera en el cielo reseque mis labios al limpiar botas. No importa que después quieran olvidarme y negarme, hasta que San Lázaro se acuerde de un niño que quiso cantar en el mismo instante en que sintió su divina presencia. Y si la fortuna llegase un día de la mano de la ventura, ya no podré regalarle una sonrisa mejor que esta que empiezo a ensayar para cuando sea el compadre más importante de la jarana. Como el trovero aquel que tenía puesta la camisa de palmeras, y una multa esbelta muy cerca a sus espaldas, mientras cantaba en el centro de todos los demás músicos dándose de vez en cuando un palo de ron y una fumada de tabaco.

Es por eso que muy pronto volveré al espacio amable de otro salón en donde los vecinos se reúnan para una naciente y promisoria noche de carnaval. Entonces miraré el escenario por los mismos ojos resplandecientes de mi madre negra, y allí estaré de frente a la sonora orquesta mientras que las parejas de adultos bailen y las parejas de jóvenes se escapen hacia la manigua. Ahí concurrirán de nuevo la música y el canto. Y el cantante de camisa y mulata juntas, de palo de ron y fuego en los labios, sonreirá en aquella noche de San Luís dando su mejor nota al cálido aire. Será el momento aguardado para empezar a dar tumbos y decididas patadas en el vientre hasta que mi madre rendida caiga reclinada en el solar, y mi padre abra sus piernas con mayor pálpito y sorpresa que en aquella otra ocasión. Esperaré el acorde final, dejaré que los instrumentos descarguen su pasajero cansancio, permitiré que la voz del cantor emita su última alegre nota, y entonces irrumpiré fuerte con la que en un llanto melodioso hay en esta garganta mía : ¡oaaaa, oaaaa, oaaaa... ¡.

In Memoriam

La Macorina

Ya no puedo más hacer que imaginarte, Macorina. El viento de la tarde me trae tu recuerdo, mientras que las flores coloridas tiritan ajenas y como idas dentro de las ráfagas de brisa. Se van tímidas desde mis ojos lejanos hasta tu rostro fresco, enmarcado por una sonrisa carmesí. No puedo más que imaginarte. En ello, componiendo poco a poco los fragmentos de tu primera infancia, como recuadros desgastados de una antigua revista, apareciendo así con trenzas ajustadas en medio de la habitación colmada de muñecas. Muñecas de diferentes maneras y ropajes, muñecas desgonzadas bajo el sonido de un tic tac cercano, muñecas con los ojos abiertos a la contemplación de tu frente amplia y serena. Y tus pequeñas manos recorriendo lentas con la punta de los dedos el material fuerte de sus vientres y sus líneas sinuosas. Las tardes finalizaban en silencio junto a ellas, tú en el centro y observándose mutuamente. Muñecas que suponías, venían del cielo. Cuando entraba la noche y tu cuerpecillo cansado se vencía ante el derroche de todos los juegos, descendían a motones con las manos abiertas y los labios tatuados, giraban levitantes como una lluvia de figurillas, y a pesar de todo, nunca terminaban de caer sobre el tapete. Quizá mientras dormías, sucedía que todas y de cabeza se iban sembrando en tu pecho, donde las guardabas celosamente para encararlas al día siguiente con el seguro ademán de ser la más bella del conjunto.

Sin embargo, otra resultó ser la luminosa mañana en la cual despertaste siendo la más esplendida de todas las adolescentes. Una lejana brisa marina entró a raudales por la ventana, y como trayendo el enigmático mensaje sobre tu inesperada partida. Tus pechos abiertos y blandos entonces se encumbraron hacia el horizonte, y las gotas de rocío terminaron por erizarlos. La primavera en el campo embrujaba, y también la tenías puesta en la piel, en tus ojos. Esa mañana brillante miraste con rezago infantil, por última vez, tus muñecas. Igual habían dado muchas vueltas sobre tu frente la noche anterior, negándose a entrar en tu pecho por el terco afán del mancebo que amamantabas, y así prefirieron despedirse de ti con una extraña mueca en la oscuridad. A él ya lo conocías muy bien, en tus profundos sueños, en tus livianos días.

Tu fuga de la vieja y cómoda casa reflejada por la luna resultó siendo todo un éxito, Macorina. Ni siquiera las manos extendidas de tus padres pudieron traerte de nuevo desde la Capital, y se fueron tornando estáticas e implorantes después de tres años de ruegos y esfuerzos para convencerte. Mientras, y muchas veces hasta la alborada, las manos del amante amalgamaban tus juveniles carnes, rebosadas de senos turgentes, separados de manera insospechada por las penumbras. Aquellas manos dueñas que apretujaban tus anchas caderas, y tus macizas y lozanas piernas, y tu cintura contorneada. Manos que después, agradecida, anidabas entre las tuyas. Y manos que luego de tres años te negabas a soltar, a pesar que la promesa del carabonita sobre amarte para siempre empezaba a desvanecerse en otros cuerpos femeninos, en los puntos de los dados, y en las profundas copas de ron. Tu sexo ya le sabía a yema, maldito sea, Yemayá. Pero al fin y al cabo, tu primer y único amor, aquel que recordarías hasta la muerte, tal como solías referirte a él. ¿Estoy ahora llorando, Macorina ?.

Después del largo paso del tiempo habría de preguntarte quien realmente causó la gran decisión, pues dicen los rumores que fue una mujer quien susurró a tu oído la forma de vivir bien y en abundancia, mas para mi tengo que igual pudo surgir del brillo de tus ojos claros al posarlos sobre el cuerpo desnudo del hombre ebrio y dormido. Aunque igual, el destino silenciará para siempre todos los detalles juntos. Y talvez solo el sino explique de su mano la primera de todas tus rondas : ágil, entrada en carnes, picaresca. La brisa marina se apegaba a tus mejillas sazonándolas con la primera sal que insaciables probarían los labios del primer acompañante, quien ya nunca pudo conciliar con tranquilidad el sueño. En cambio, tú muy pronto estarías despabilada y frente a frente con el danzón, el son y la rumba.

Lo mismo habría de aclararse inútilmente en cuanto al mote, Macorina, pues es sabido que necesitabas también del normal velo que empezaste a usar llamándote María Calvo, encubriendo así para los clientes tu verdadero nombre : María Constancia Caraza Valdés. Mientras que siga floreciendo la anécdota sobre el maricón vestido de mujer con el cual te confundieron en una fría noche sin estrellas, ¿o fue un serenatero a quien llamaban La Fornarina ?, enredo de sobrenombres con el que un borracho a gritos terminó por bautizarte con la benevolencia de la gente que en la calle escuchaba y se reía. Muy a pesar de su sabia conveniencia, nunca dejaste de renegarlo. Pero ya no había nada por hacer, crecería como la espuma en el malecón, crecería como el abultamiento bajo los pantalones ante tu presencia, crecería como el paso inconfundible de tus piernas adentrándose en las numerosas callejuelas. Y después habrías de escucharlo heredado del anónimo en la voz del mismo Barroso, y en el estribillo de un futuro insistente y rítmico : ponme la mano aquí, Macorina, pon, pon, pon. Macorina, Macorina.

Fueron noches de cabaret con mucha pompa, tu presencia centelleaba al mayor brillo las costosas botellas de licores, los habanos humeaban cercanos a tu cuello decorado, y las sonrisas recorrían palmo a palmo tu cuerpo, encumbrado en los hermosos cuerpos de las demás anfitrionas. El dinero saltaba de los bolsillos afelpados, las joyas recorrían los cortos espacios de tu cintura, y las palabras iban y venían trayéndote los más dedicados halagos.

Noches de acordes melódicos que parecían no terminar jamás, de conjuntos y orquestas incansables hasta las madrugadas, de compases y movimientos sensuales que te dejaban como la mejor pareja parada en las pistas de baile. Vaivenes inacabables en los cuales el mundo entero giraba a tus pies, la cabellera bamboleándose de un lado a otro mientras que los caballeros te llevaban con ritmo justo al centro de los salones de música, para así exhibirte orgullosos y complacidos en medio de los movimientos tropicales.

Fueron noches que terminaron en amplios claustros de oscuridad bajo moles masculinas que se empeñaban en cavar en tu vientre, mientras que con la mirada despierta y alelada empezabas a buscar en los techos invisibles los rostros mudos de las muñecas de otros tiempos. Vagar de la mente por el vacío del primer amanecer, a pesar de los esfuerzos y gemidos ajenos que no permitían concentrase en los recuerdos y en las evocaciones que intentaban alejarte del momento.

Pero también fueron noches de entrega inacabable, cuando despertaba en ti aquella misteriosa y natural fiereza de hembra provocada, de tal manera que los hombres habían de disfrutarte como nunca antes lo habían soñado, pero al mismo tiempo evadiendo con premura aquella insistencia tuya que resultaba intimidándolos.

Noches que terminaban al brillo del sol ya sola y retirada, con fuertes dolores de cabeza y sed incontrolable, tendida en tu lecho solitario, revuelto, y frío por el abandono. Entonces eran mañanas que iban contando paso a paso sus minutos, mientras que contabas con la misma suerte, Macorina, los billetes relucientes y los billetes desgastados. Muchísimos de ellos sobre tu diván. Pero eran también mañanas agotadoras donde aun no caías en cuenta que las horas antes se habían ido sin probar alimento, y sin reposo tranquilo y sin meditación en silencio. Lo único que surgía muy claro en tu mente era que ya no había nadie junto a ti y que nunca más lo habría. Eran mañanas en las cuales por fuerza y solo por trances, dormías aferrándote a tu soledad como si fuera una manta caída que por necesidad siempre arroparía tu existencia. Igual, al borde del atardecer estarías de nuevo embellecida para hacer la mejor función femenina en la naciente noche de luceros.

El tocador profundo frente a la cortina de color crema, y aquella imagen impactante en el espejo, sentada de manera calculada e intencionada. El reflejo completo a la cintura, el escote desprevenidamente abierto. Y así iban volando los colorines al natural rostro, con una habilidad impredecible en cuanto a sitios, cantidades y detalles. El gesto femenino, los labios ruborizados, las pestañas empinadas, Macorina.

Te colocabas sobre las alas de la primera noche, al borde mismo de las livianas estrellas, y acompasada ingresabas en los autos que impacientes esperaban el arribo de aquellas piernas únicas. Allí los galanes sudaban tras sus trajes.

Una vez sentada en los establecimientos, tus brazos se abrían sobre los espaldares como si estuvieras en el pináculo de la existencia, todas las miradas quedaban bajo la tuya, y en especial, la del resto de mujeres que entonces habrían de ser solo parte de tu corte. Humo, risas y champaña.

Las danzas cortas, las danzas largas, las primeras y las últimas, en todas ellas haciendo el desliz correcto, el movimiento indicado, el giro no previsto. Los tablados reventando y apresando sin cesar luces que poco a poco morían al llegar el alba.

Manos que se aferraban a tu amplia espalda, labios que querían trepar por tu misma nuca, retenciones masculinas que amenazaban con inmovilizarte por minutos enteros. Y después la locura de los cuerpos, Macorina, la locura de los cuerpos.

Besos y caricias, a veces amables, a veces malevas, besos y caricias conocidas y desconocidas, besos y caricias al morir la noche y recién al reventar del día. Despedidas y promesas, declaraciones increíbles, incluso votos como si fueran necesarios, los hombres terminaban postrados en tu talle solicitándote que ya nunca más los abandonaras. Obteniendo de tu parte solo el silencio de una profunda mirada, normalmente acompañado al final de una misteriosa sonrisa.

Veinte años luego de aquel consejo que alguien susurró a tu oído, sumabas cerca de una docena de autos de tu propiedad y varias mansiones, y joyas y vestidos y pieles. Tu cuerpo desnudo y engastado en esmeraldas. Tu pubis cubierto en terciopelo rojo. Tu seno durmiente en mullidas almohadas. Apenas el propio resultado de finos cabarets, de finos casinos y de finas camas. Al despertar de nuevo tus ojos se alejaban dentro del tiempo sacando la cuenta de miles de muñecas que talvez regalarías un día. Y a veces en pleno espectáculo mujeril continuabas alucinando justo en medio del avión aquel cargado de muñecas, mientras caían de cabeza arrojadas por tus manos para todas las niñitas del islote.

Pero, ¿que sucedió entonces, Macorina ?. Tus mismos amantes hablaron del declive de la suerte de las rosas. De la misma fortuna decaída de estas flores coloridas que ahora tiritan ajenas y como idas dentro de las ráfagas de brisa. ¿Incluso pierden las rosas su mente, su corazón, su cuerpo ?. Posiblemente fueron los húmedos naufragios de noches enteras en las copas, tus labios ansiosos y silentes arrancándoles el licor gota a gota. Ebriedad de mil peinados revueltos que te tornaban de mal carácter, al punto de rechazar a los guapos y de estallar con furia los cristales en el suelo. Posiblemente el frío cotidiano anidando en tu pecho fue borrando tus sonrisas hasta convertirlas en muecas, al fin y al cabo, nadie puede vivir al mismo tiempo una vida de tantos besos y al mismo tiempo sin ninguno. Soledad lenta y penetrante, quizá tus sentimientos dieron al traste con el velo de dulzura que traías medio colocado a fuerza. Posiblemente tus caderas se ampliaron un tanto, y tus senos cayeron un poco, y tu cintura de leyenda fue ampliando sus arcos. Carnes de tantas auroras y sombras, fatigadas entonces por el jadeo incesante de los cuerpos que se sucedieron uno tras otro, una y otra vez.

Pero, ¿que sucedió entonces, Macorina ?. En las callejuelas se llegó a murmurar que tus mismos amantes ya no tocaban a tu puerta, dándote la espalda, que melancólica te habías retirado, que estabas enferma, o qué sé yo. No he de recordar con precisión ahora nada, mientras el viento de la tarde me traiga tu recuerdo. Solo sé que tu cuerpo siguió siendo un paraíso de pieles mientras remontabas los cuarenta, los mejores años de una hembra bajo tu estrella. Igual seguí viéndote ir por aquí y por allá una vez y otra, sin poder cruzarme nunca en tu camino, igual por una razón y otra. Talvez en un momento todos te dejaron, pero en verdad, todos se resistieron al máximo de hacerlo. Igual en muchas ocasiones apagué lento mi cigarro a la distancia mientras que en el hilo de humo se desvanecía tu figura. Yo también tuve un camino y un destino, Macorina. Mas no he recordar con precisión ahora nada.

Veinte años luego ya eras una mujer de canas y una mujer de mitos, cuando te fuiste a vivir a la Calle Apocada. Vaya ironía, ya sin autos ni mansiones, ni joyas o vestidos o pieles. Los milicianos se murmuraban a tu paso. Entonces tu carácter se hacia fuerte cuando había que referirse al son y al danzón, y en especial, sobre tu mote. Y por mucho que intentarás, no podías despojarte del viejo anhelo de haber sido la azafata del vuelo de muñecas que caían desde el cielo hacia la isla. Para entonces, eran otros los aeroplanos que sobrevolaban. Hasta que un día de esos algún intruso logró arrancarte la confesión de haber vivido completamente acompañada de la soledad. En mi caso, ya no puedo más hacer que imaginarte, Macorina.

La tarde agónica en que le pediste a la comadre Casimira que te colocara aquel vestido amarillo, no esperaste a que luego regresara con la taza de café. Entonces te fuiste para siempre. Entonces tu corazón se fue para siempre. Aunque para mi tengo que no te fuiste, y que el nunca se fue. Era el verano de la Calle Zanja y de su funeraria en medio, tenías cerca de ochenta y cinco años. En los libros del cementerio Colón, el buen sepulturero Hernández pasó revista al panteón donde dentro quedó quien se hacía llamar María Calvo. Y allí no hubo nadie para despedirte. Cuando por fin logramos exhumar tu cadáver y trasladar tus restos a un osario, pensé por primera vez que una historia como la tuya no podía finalizar en el silencio.

Confesaré que por un tiempo seguí viéndote pasar por el malecón, mientras la brisa marina jugaba con los mechones rebeldes de tu cabello, y se estrellaba contra tus senos abultados. Tu risa penetraba la humedad, y los labios refinados dibujaban el mejor gesto de sensualidad. Eran como un atrevido beso lanzado hacia todos los océanos. Ya no puedo más hacer que seguir trayéndote flores, Macorina.

In Memoriam
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Creditos :

  • Macorina (Abelardo Barroso)